
-¿Entendido?. El cuerpo oculto y que nadie lo vea. La boca cerrada. Sin explicaciones. ¿Lo he dicho claro?. Como uno de vosotros se vaya de la lengua, se la arranco y escupo en su cochina calavera- señala a la Tia Perejil, ya arrodillada junto al cuerpo-. Decidle lo mismo a esa vieja puta.
Tras dejar el asunto bajo control, el comisario Rogelio Tizon se aleja baston en mano, observando los alrededores. La primera claridad del dia penetra por la calle de Amoladores, desde la muralla y la bahia cercana, recortando en gris las fachadas de las casas. Todavia no hay perfiles definidos, sino sombras que difuminan las formas de los portales, rejas y rincones bajos de la calle. Los pasos del comisario resuenan en el empedrado mientras callejea un corto trecho, mirando alrededor en busca de algo que aun ignora: un indicio, una idea. Se siente como el jugador que, ante una situacion dificil, desprovisto de recursos inmediatos, estudia las piezas esperando que una revelacion subita, un camino hasta ahora inadvertido inspire otro movimiento.
Esa sensacion no es casual. El eco de la charla mantenida con Hipolito Barrull late, preciso, en su recuerdo. Olfato de perra laconia. Rastros. El profesor lo acompaño anoche al lugar del crimen, echo un vistazo, y desaparecio luego con mucha delicadeza. Aplacemos esa partida de ajedrez, dijo al irse. Ya es tarde para aplazar nada, estuvo a punto de responder Tizon, que tenia el pensamiento en otra parte. El mismo libra, desde hace tiempo, una partida mas oscura y compleja. Tres peones fuera, un jugador oculto y una ciudad sitiada…



































