“Hijos míos, mal rollo si vuestra aventura se convierte en una timba…nunca juguéis a las cartas si estáis de dungeon; leed, leed…

Llegó a nuestros oídos que en La Comarca se habían hallado varias vetas nuevas de oro, en minas ya abandonadas hacía tiempo, y que muchos aventureros se metían en ellas para tratar de sacar algo en limpio. Así que p´allá nos fuimos todos, con Segis haciendo de cicerone:
- Mirad, chicos: aquello es Bolsón Cerrado, aquello Alforzaburgo, aquello el Brandivino…me diréis que no es bonita mi tierra, ¿no?
- Muy hermosa, pero…¿dónde comemos, Segis?
- En el puti que regento con mi primo Eutimio. Es ahí.
Tras comer y echar una canita al aire, salimos en dirección a las minas, en Navas del Trasgo. A la entrada del complejo comenzaron las dificultades:
- Maldita sea, hay que entrar agachados - dijo Evaristo-.
- Habla por ti, espárrago triguero - replicó Lucinio-, que ya era hora de entrar en un dungeon para gente como yo.
Así que, salvo Segis y Lucinio, el resto caminábamos en cuclillas, lo que ocasionaba inoportunas y frecuentes ventosidades - las alubias de La Comarca eran contundentes como ellas solas -, golpes en la cabeza, e ir en fila india debido a la estrechez del lugar. Aquello era como Moria pero tamaño teletubbie. Y para colmo, las trampas: cuchillas, dardos, pendientes por las que resbalábamos y trompazo que te crió…en fin, un infierno y además con la impotencia de no poder casi ni maniobrar
Tras horas de marcha, desembocamos en una amplísima estancia. Con todas las vértebras crujiendo y los músculos agarrotados, nos pusimos en pie cagándonos en todo el panteón en pleno:
- ¡Puto dungeon! Y encima luego habrá que volver por donde hemos venido - exclamé yo, con la misma flexibilidad en mi cuerpo que un espantapájaros-.
- ¡Que te crees tú eso! - retumbó en los muros una potente voz-.
Nos pusimos en guardia como buenamente pudimos, formando un círculo. De repente, un balrog como una catedral nos salió al paso:
- ¡Soy Genserico, el balrog conserje! ¡A ver! ¿Qué coño hacéis aquí?
- Pues buscar tesoros, caballero - dijo Segis-.
- ¡Aquí no hay nada desde hace tiempo! ¡El oro se agotó y los monstruos se fueron!
- ¿Cómo que no hay criaturas aquí? - exclamó Satur-.
- Como te lo cuento. Fíjate si es verdad, que ni siquiera llevo mi espada o mi látigo reglamentarios; tan sólo mi chuzo y mis llaves.
- Entonces, los rumores de que se habían descubierto nuevas vetas de oro…- razonó en voz alta Avelino-.
- Mentira podrida, chavalotes. Un vulgar bulo de aldeanos. Por cierto, ya que estáis aquí, podemos echar un strip-póker, ¿no? Aquí tengo la baraja. Venga, animaos, que estoy muy solo…además, luego os conduzco a la salida. Y podéis pillar tintorro en ese aljibe de ahí.
Siendo como éramos, no hizo falta que se nos convenciera, la verdad: Lucinio barajó y adelante con los faroles.
Maldita la hora en la que se nos ocurrió aceptar; el cabrón ganaba todas las apuestas:
- ¡Juajuajua! Full de ases y treses. Tus botas, enano. A pisar uvas a partir de ahora…
- ¡Jojojojo! Escalera. Tu espada, Avelino. A luchar con los puños o a escupitajos.
- ¡Jajajaja! ¡Trío de reyes! Tu armadura de cuero, Shadowalker. Oye, me gustan tus gayumbos con florecitas…
- ¡Póker de damas! Tu símbolo sagrado, clérigo; a partir de ahora, a expulsar necrófagos a base de cortes de manga…¡jojojojo!
Era humillante. Nos levantó el malnacido todo el equipo, hasta los yesqueros y las escarpias. En paños menores y con las orejas gachas, nos dimos por vencidos y nos condujo a la salida. Cuando nos disponíamos a salir, en medio de sus carcajadas de tahúr, al meterse el juego de llaves en el bolsillo del calzón, de la manga de su cota de malla se le cayeron 4 comodines y 6 ases. Nos miramos durante una fracción de segundo y saltamos sobre él:
- ¡A por él! ¡Cabrón! ¡Tramposo!
- ¡Te vamos a apretar los huevos hasta que se te salten los ojos, timador de mierda!
- ¡Más hostias que el Netolín, vas a recibir!
Vaya paliza que le dimos, y eso que nos dio con el chuzo unos cuantos palos de los de moratón pa 2 meses. Pero al final lo dejamos medio muerto de la tunda, sangrando y molido, y recuperamos todo nuestro equipo. Salimos del dungeon y nos dirigimos a casa.
- Menudo cabrito - dijo Lucinio-, y pensar que me veía ya regresando al pueblo en tanga…
Así que ya sabéis, chicos: nunca aceptéis timbas en pleno dungeon, si no queréis que os pongan en evidencia. Hasta otra, Fot Aël S.“



































