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Noviembre 18th, 2009 at 7:00 am

Las Cronicas: ¡Llegó el derbi!

» by admin in: FOT AËL


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Hijos míos, también disfrutábamos del fútbol en el Mundo Antiguo…¡y no veáis cómo se ponía El Trasgo Sarasa, la taberna de nuestro buen amigo Cipriano, que nos servía de base de operaciones! Leed, leed…

Estábamos en el mes de Giûl (octubre) del año 15 antes del Cataclismo, en nuestra querida ciudad, Balshad, capital del Reino de Grendopolán; se vivía, se respiraba, se sentía ambiente de fútbol, ya que el domingo se enfrentaban los dos conjuntos locales: el Atlético y el Unión. ¡Partidazo al canto!.

Contextualizando el panorama: el Atlético de Balshad, equipo del que Avelino, Segis, Poli y yo éramos fervientes hinchas, era el equipo poderoso de la urbe: sus 12 Ligas, 4 Copas de Grendopolán y una Copa de la Tierra Media hacían de este club, cuyos colores eran el naranja y el blanco, una potencia balompédica a nivel continental. Y el mejor, qué coño.

Al otro lado del río estaba el Unión Deportiva de Balshad, entre cuyos seguidores se hallaban Lucinio, Evaristo y Satur. Equipo con menor palmarés que el Atlético – tan sólo poseía 4 Ligas, 2 Copas y ningún trofeo internacional-, pero con mayor número de hinchas en la ciudad y la comarca, este simpático equipo – perdón, esta panda de arrastraos-, cuyos colores eran el azul y el amarillo, se había propuesto amargarnos la temporada, ya que se llegaba al derbi en la última jornada con la siguiente situación: estábamos empatados a puntos con el Racing de Vernaya, pero con mejor diferencia de goles; así, si ganábamos éramos campeones y la Unión bajaba; si empatábamos, quedábamos a expensas ambos clubes de lo que hicieran otros equipos, y si ellos nos ganaban el partido mantenían la categoría y nosotros, lo más probable, perderíamos el título, a no ser que el Gimnástica de Mataorcos venciera al Vernaya, algo muy poco probable.

Desde 4 horas antes del choque, El Trasgo Sarasa era un pandemonio: la inmensa taberna, atendida por Cipri y sus 6 sobrinos, estaba dividida entre los tenderos (nosotros, por nuestros colores, ya que los delantales de los tenderos en el Mercado Municipal de Abastos eran blancos con ribetes anaranjados) y los serenos (la guardia nocturna de la ciudad vestía uniforme azul y amarillo, de ahí el mote de los de la Unión). Pues bien, Lucinio comenzó a darnos la tabarra con su carraca y sus cánticos de ultra:

- ¡Esta noche, se quema el mercado! ¡Esta noche, tenderos arrasados!

Avelino recogió el guante:

- ¡Serenos a rondar, las noches de segunda, serenos a rondar, las noches de segunda!

Y a partir de ahí, pitos, cánticos y coros insultantes para con el contrario, matasuegras, guerras con bolas de papel, cerveza a mansalva…hasta que Cipri sintonizó con el palantir y el partido dio comienzo.

Menuda jauría de salvajes parecíamos cada vez que había una gran ocasión. En la primera parte, más emoción que juego, aunque Mauricio Barbacana, ariete de la Unión, estrelló un balón en el poste que nos los puso de corbata. Por su parte, Teódulo Laenchufa, delantero del Atlético, lanzó una falta bastante peligrosa que se fue fuera por poco. Así las cosas, 0-0 y al descanso.

En la segunda parte, más de lo mismo: mucho toque, mucho control…pero poca llegada. Demasiado respeto entre los rivales. Y entonces, en el minuto 23, ocurrió la circunstancia que lo iba a cambiar todo. Y no, no fue un gol:

Marcelino Almenas, medio organizador de la Unión, lanzó un pase magistral a Barbacana, que se quedó solo al tirar mal nuestra defensa el fuera de juego. El problema para él es que el balón le quedó algo adelantado, no controlado entre los pies, y Greegan Tabique, portero del Atlético, salió a la desesperada, consiguiendo pegarle una patadón al balón y mandarlo a la grada, antes de que Barbacana chutase, pero con tan mala fortuna que el esférico impactó en la bella cara de la princesa Pili, heredera al trono, dejándole las napias sangrando y llorando la pobre chica como una Magdalena, debido al dolor del balonazo.

Boromir III, el rey, montó en cólera:

- ¡Guardias! ¡Detened a los del Atlético Balshad! ¡Pagarán por lo que acaban de hacer! ¡Que venga el verdugo con el hacha, quiero ver rodar la cabeza del guardameta inmediatamente!

- ¿Pero qué cojones he hecho yo, por Ilúvatar? – clamaba el pobrecillo Tabique, mientras los soldados lo arrastraban por el césped camino del cadalso improvisado en el palco- ¡Si sólo he despejado un balón!

En El Trasgo Sarasa eran todo alaridos e insultos. Los de la Unión atizaban el fuego:

- ¡Que les corten a todos los huevos, antes de emparedarlos! ¡Que los decapiten y los empalen!

- ¡Que te calles la boca, cerdo sereno!

Total, que se armó el belén: puñetazos, botellazos, sillas volando, mazazos y puñaladas varias, alguna que otra flecha impactando por ahí…y, sin dejar de hostiarnos a base de bien, multitudes enteras de ambas aficiones que abandonábamos los bares y tabernas y nos dirigíamos al estadio, irrumpiendo por la fuerza en el mismo, tras coser a pedradas a la exigua Guardia Pretoriana, responsable de la seguridad. El bochinche era monumental, yo tenía un terrible ardor en el pómulo izquierdo – un puñetazo no esquivado-, Lucinio sangraba por la boca, Poli tenía un ojo a la virulé, Evaristo sangraba por la nariz como un marrano en la matanza, aunque eso no le impedía lanzar conjuros de proyectil mágico contra los hooligans rivales, Segis cojeaba, Avelino estaba escupiendo sus incisivos y Satur, que aplicaba conjuros curativos y algodones con árnica para las heridas, había sido alcanzado por una botella volante, quedando medio bobo.

Convertida la cosa en un cacao generalizado y peligroso, ya que la integridad física de los reyes y de la princesa peligraba, llegaron 15 cohortes de soldados a todo correr, desde el Palacio Real, sumándose a los palos. El césped y las gradas eran el escenario de una batalla televisada por palantir a toda la Tierra Media, que impresionó – tal y como reflejan en sus respectivas  memorias-, al mismísimo Sauron y al mismísimo Elrond. Estando nosotros en pleno fregao, se me puso delante el árbitro del encuentro, Chus Ófsaid, completamente aterrorizado y con un balón reglamentario entre las manos, al que di un puñetazo en plena furia ciega. Soltó el balón, que empezó a ser disputado por los hinchas de alrededor, cogiéndolo con la mano y sacudiéndose de lo lindo para avanzar hacia la portería de la Unión. Poco a poco, con los soldados pinchándonos en el culo por un lado, y la cada vez menor resistencia de los serenos por otro, logramos llegar a la portería contraria, dejando caer Segis el balón y chutando a gol, mientras le abríamos paso a patadas y puñetazos para que pudiera marcar. Éramos campeones y la Unión bajaba a segunda, justo cuando nuestras fuerzas se agotaban y los soldados imponían el orden de un modo brutal, cesando las peleas por completo en todas partes y siendo detenidos; el caso es que el gol fue dado por válido por Boromir III, que lo vio desde el palco – blindado por soldados y hechiceros-, y estaba ansioso por entregar la Copa de Campeón de Liga a quien fuera y largarse. Así, creo recordar que un alférez de infantería, de parte del rey, me vio con mi bufanda del Atlético y me entregó el trofeo (que apenas podía ver porque tenía los ojos prácticamente cerrados por una hemorragia en las cejas), alzándolo yo al cielo de la ciudad durante unos instantes, antes de que me lo quitaran y me encadenaran junto a los demás.

Unos días después, en El Trasgo Sarasa, y en libertad condicional, brindamos Lino, Segis, Poli y yo por el triunfo de nuestro equipo, mientras Luci, Satur y Risto nos miraban con cara de  odio. Un cartero trajo, por correo certificado, un paquete a mi nombre, de parte del Gabinete del Rey; y era nada menos que la Copa (que según las leyes de la Federación era para quien la alzara como campeón), la cual puso Cipri, el dueño del bar amigo nuestro y del Atlético de toda la vida, en el estante principal. ¡Ah, qué sabor y qué gloria tenían aquellos derbis! Hasta otra, Fot Aël S.

P.D.: decapitaron a Tabique.


 

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