
Hijos míos, cuidado con las maldiciones en el transcurso de una aventura…¡que pueden trastocar todos vuestros planes en un abrir y cerrar de ojos! Leed, leed…
Un noble hobbit de los 5 Señoríos nos había contratado, para averiguar todo lo posible acerca de un supuesto castillo en los pantanos de Malpheggi, uno de los lugares más duros e inhóspitos de todo el continente de Brun. Parece ser que moraba allí un poderoso príncipe maligno, y se nos pedía no atacar, sino recopilar el máximo posible de información.
Las cosas no estaban para bromas: avanzábamos penosamente luchando contra un sofocante calor - era verano-, contra nubes de mosquitos que nos tenían comidos y contra las alimañas del terreno (a Evaristo le picó una víbora y menos mal que Saturnino tenía un ungüento mágico contraveneno). Total, que el ocaso se nos echó encima y nos vimos obligados a parar, ya que proseguir por un pantano durante la noche era una locura.
- Pues parar a vivaquear en lo más profundo de unas ciénagas, me apetece lo mismo que el que me den una paliza - declaró Segis-.
- ¿Y qué quieres, chico? - dije yo- ¡Como si pudiéramos elegir! ¡A ver, Avelino! ¡El saco de dormir de Ikea! ¡Tú haces la guardia!
- Vale, pero dormid con las armaduras puestas y la mano sobre vuestras armas. No me creo yo que no vayamos a tener movida, una noche en un pantano - replicó nuestro bravo guerrero-.
Proféticas palabras: casi cuando ya amanecía, Avelino lanzó un grito de guerra y nos aprestamos al combate; una criatura que despedía una aura maligna se acercaba de modo peligroso. Le arrojamos un par de flechas que no le hicieron el más mínimo daño. Estábamos ante un muerto-viviente, es decir, ante un grave problema. Satur, como clérigo que era, avanzó para expulsarlo mágicamente con su símbolo sagrado, pero antes de poder hacerlo, el espectro nos lanzó un hechizo. En un primer momento no pasó nada, y seguimos luchando, logrando Saturnino poner en fuga al bicho ése.
- ¡Fo-Fotito! - exclamó Poli, horrorizado-, ¿Qué te ha ocurrido?
- ¡Poli! ¡Satur! ¡Lino! ¡Tenéis el rostro, la piel y las manos de una rana! - grité yo-.
- ¡Y tú también! - exclamaron todos a coro-.
Buena la hicimos, sí señor. Convertidos en ranas andantes. Nos costó Ilúvatar y ayuda envainar o empuñar las armas, dado que nos habían salido membranas viscosas entre los dedos.
- ¡Poli y Evaristo! - dije yo, tratando de mantener la calma ante ese drama-, ¿No tenéis conjuros mágicos para sacarnos de este embrollo?
Ambos menearon sus cabezas de anfibio de izquierda a derecha, si bien Evaristo fijó la vista en el horizonte durante unos momentos y declaró:
- Es una maldición, y las maldiciones sólo se curan o con hechizos de un nivel altísimo - que no tenemos ni Poli ni yo-, o con la intervención de la persona adecuada, que ha de hacer algo concreto para que el mal de ojo quede roto…
- ¿Y dónde está esa persona adecuada, me cago en el vino barato? - cortó Lucinio, más asustado que un pavo en vísperas de Navidad, por su nuevo aspecto-.
- Pues…¿Recordáis el cuento popular de la rana y el príncipe?
- Sí.
- Pues eso es. Nos ha de besar una princesa o príncipe para que recuperemos nuestro aspecto normal.
Nos miramos entre nosotros consternados. En los 5 Señoríos no había príncipes, ni tampoco en la República de Darokin, a la cual pertenecían los pantanos en los que nos hallábamos. Y menos en las tierras de los Clanes guerreros, al oeste. Así que no quedaba otra: tratar de encontrar al supuesto príncipe que moraba en las ciénagas y pedirle el - ¡ejem!- favor de los cojones.
Afortunadamente para nosotros, los rumores resultaron ser verdad: una partida de hombres-lagarto nos sorprendió cuando divisamos un fortín en mitad de la maleza; naturalmente, nos dejamos apresar, ya que supusimos que sólo así se nos conduciría ante el príncipe - si es que lo era-, para que nos interrogara. Era un órdago a la grande, ya que si el líder de los hombres-lagarto resultaba no ser hijo de Rey, podía ser nuestro final muy tranquilamente. Total que, cargados de cadenas y fuertemente escoltados, penetramos en el fortín y, tal y como esperábamos, nos llevaron ante un tío feo sentado en un trono.
- ¡Ave, oh poderoso Príncipe Cipriano! ¡Unos espías anfibios extranjeros estaban en los pantanos espiando nuestra posición! ¡Aquí te los traemos!
- ¡Hablad, malditos! ¡Yo, Cipriano I de Malpheggi y V de Alemania, digoooo…de Atruaghin, os lo ordeno!
- Saludos, oh magnánimo Príncipe - dijo Evaristo, con tono meloso y finolis-, somos unos excursionistas que nos hemos perdido y hemos sido víctimas de una maldición…
- ¿Excursionistas? ¿Me tomáis por memo? ¿Y esas armas y armaduras que lleváis, son de domingueros? ¡Decidme la verdad u os mando al potro de tortura!
- Bu-Bueno - intervino Poli, que seguía tartaja incluso convertido en rana-, sabe, oh príncipe, pu-pues lo ci-cierto es que no-nos envían de los Ci-Cinco Señoríos, pa-para ver si existíais vos y este lu-lugar…
- Eso ya me gusta más. Bueno, sois espías extranjeros, y permaneceréis en nuestras mazmorras mientras yo mando a vuestra gente hobbit un heraldo, para negociar un rescate. Andamos cortos de dinero y ésta es una gran ocasión para hacer caja. ¡A los calabozos con ellos!
- ¡Espere, oh Alteza Serenísima! - dije yo-; ¿Podríamos pedirle un pequeño favor?
- Desembucha, sapito.
- Verá, en realidad somos 4 humanos arrastraos, un enano mala leche, un elfo redicho y sabihondo y un hobbit putero. Si estamos así, es por una maldición que nos soltó un espectro cabrón. Dado que es usted príncipe, ¿podría deshacer la maldición, si es tan amable?
Las carcajadas de la Corte y los guardias se oyeron en Ylaruam:
- ¿Quieres que te bese, chaval? Ni de coña, hombre. ¿No seréis del barrio de Chueca de Corunglain?
- Alteza, os lo suplico. Prometemos no fugarnos y no atentar contra su vida.
- No cuela, chico. Lo siento por vosotros.
- Pero si es un beso en la mejilla, no en los morros…
- ¡Que no, tío pesao! Aunque espera…se me ocurre una idea…¡Mirandaaaaaa! ¡Ven aquí!
- ¿Quién es Miranda, oh poderoso príncipe?
- Mi hermana. Es una tuátara y se ha quedao pa vestir santos. Al ser princesa, funcionará.
Y apareció el engendro más espantoso que hayamos visto nunca. Naturalmente, así se las ponían a Felipe II, y aprovechó para darnos a todos y cada uno de nosotros un beso a tornillo y con magreo incluido. Comprended que os lo resuma, no quiero extenderme más.
Recuperamos nuestra forma normal y, tras dos meses de estar sin ver la luz del sol y contándonos los ciempiés que teníamos rondando por el cuerpo, un centinela nos soltó, ya que habían pagado 10.000 cucas de oro por nosotros. Cuando llegamos a los 5 Señoríos, tras cruzar penosamente los pantanos - y con dagas de mierda y sin armaduras, ya que se lo quedó todo Cipriano I-, fuimos recibidos a tomatazos, y tuvimos que estar 10 meses trabajando en una fragua, 14 horas diarias, para compensar las pérdidas económicas del rescate. Así que ya sabéis: ante una maldición, volved a vuestra base y buscad ayuda de magos poderosos. Hasta otra, Fot Aël S.



































