
Hijos míos, en una aventura todo puede ocurrir…hasta un idilio imposible por el cual aún me sigo cachondeando, cuando lo veo, de cierto camarada del grupo aún vivo…leed, leed…
Las leyendas de un reino hiperbóreo, en el límite norte del mundo, siempre habían circulado entre la gente de dungeons, aunque nunca se había podido probar nada. Uno de los relatos más conocidos era el del legendario Reino del Gran Yuyu, supuestamente erigido sobre la banquisa polar y lleno de oro y riquezas.
Estábamos de parranda por bulerías en una posada de Garthrast, ciudad donde habíamos realizado un encargo de poca monta, cuando llegó la noticia de que una expedición de orcos había hallado un tesoro de considerable valor en el hielo del norte, y por tanto, las leyendas del Gran Yuyu pasaban a primer plano. Decidimos, pues, tentar a la suerte: carretera y mucha, mucha manta.
Tras un par de días de exploración y caza, divisamos un poblado de cazadores esquimales, con sus iglús, sus trineos y todo eso. Como los inuit tenían fama de amigables y hospitalarios, nos dirigimos al enclave sin recelo. Tontos de nosotros, claro. Nada más vernos, Ervigio el del Sortilegio, caudillo de los esquimales y uno de los más prestigiosos hechiceros del mundo, lanzó un conjuro de sueño sobre nosotros que nos pilló en gayumbos; como Poli, nuestro mago, es tartaja perdido, no le dio tiempo a formular un contrahechizo y todos a dormir.
Cuando despertamos, estábamos todos atados a un poste, y los que podían hacer conjuros tenían una mordaza en la boca. Ervigio habló:
- ¡A ver, pérfidos extranjeros! ¿Qué demonios habéis venido a hacer aquí?
Decidí romper el hielo, y nunca mejor dicho:
- A ver si pescábamos algo de tesoro, por el tema de que unos orcos el otro día hallaron por aquí un cofre con joyas. Y de paso ver si existe el Gran Yuyu…ejem, Majestad.
- ¡Asnos ignorantes! ¡Lo del Gran Yuyu es una chufa! ¡Llevo 70 años viviendo aquí y no hay nada de eso! ¡Y vuestra codicia os lleva a penetrar en mis tierras para saquearlas! ¡Pagaréis por esto!
- Pero oiga, que aún no hemos pillao nada…¿cómo puede decir que somos unos saqueadores?
- ¡Silencio, chorizo! ¡A ver! ¡Como expiación por vuestro intolerable proceder, os condeno a luchar contra Adelaida!
Un murmullo de terror y espanto se extendió por todo el poblado. Los inuit parecían asustados ante esa noticia, y nos miraban con careto de no dar una moneda de cobre por nosotros. Pero bueno, no nos quedaba otra y fuimos conducidos, con grilletes y cadenas, a la boca de una gruta de hielo, en donde nos soltaron, nos dieron sólo parte de nuestro equipo - buitres carroñeros-, y nos obligaron a entrar. En fin. Lámpara, yesquero, espada y pa´dentro. Continuará…



































