
Domiciano es trasladado a San Zenón de la Wyverna, una ciudad pequeñajilla y comercial, sin sobresaltos ni incursiones. Allí hace amistad pronto con el tocaor Gil-Galad Montoya, con el que graba dos pergaminos sonoros de gran factura, Cantares pa´l Orco y los Fandangos de Rivendel, dedicado éste último a Elrond, entusiasta del flamenco bueno y del peleón entre comidas (aunque Tolkien sobre este tema se calla como un putas), con los que se gana a la opinión más entendida en lo jondo.
Paralelamente a este triunfo en los tablaos de San Zenón - en los que no cabía un alfiler cada vez que cantaba Domiciano, había más gente incluso que en las ejecuciones a garrote vil-, su superior inmediato en el cuartel, el teniente coronel Toribio Armaposte, pasa a la reserva, retirándose del servicio activo por negligencia médica en circuncisión: cambia los barracones por los escenarios y será uno de los castratos más famosos de la época, cantando en la corte de Sauron en Mordor, en la de Dimas III de Obela y en la de Yolanda II de Garthrast. Así pues, por necesidades del servicio - ¡qué coño por méritos propios!- Domiciano Díaz es ascendido al rango susodicho, cosa que no se la explica nadie, pero así son las cosas de la vida de vez en cuando.
Un episodio memorable de esta detestable biografía se produce en el año 890 a. C. (antes del Cataclismo), cuando se celebraron, por primavera, los Juegos Floridos, una tradición para las mozas casaderas. Consistían en que los guerreros y nobles de la urbe se peleaban en diferentes modalidades (maza, hacha, espada con escudo y torneo a caballo), y los respectivos ganadores desfloraban a otras tantas doncellas nobles en edad de merecer (sin obligación ulterior de casarse con ellas). Como lo del derecho de pernada en Braveheart, pero en finolis. Domiciano, estimulado por la recompensa - como todo lo que se moviera en la ciudad con un badajo entre las piernas, no te jode-, se presenta a todas las modalidades.
En maza cae pronto, en segunda ronda frente al posterior campeón, el orco Ghorfa. Por cierto que no le dejaron al pobre disfrutar de su premio, ya que el alcalde, Sinforiano Le Pen, no estaba por la labor de entregar a su hija a un orco, el racista de mierda.
En hacha es vencido en tercera ronda por Felipe Mallas, también futuro campeón de la especialidad, famoso guerrero…con pérdida de aceite evidente. Por ello, su premio no fue Federica, la hija del Vizconde, sino Jacinto, su hermano mayor, que no se lo esperaba y se pasó, sin comerlo ni beberlo, una semanita andando como John Wayne.
En espada y escudo cayó en semifinales ante Bernabé Ciencuernos, famoso espadachín putero, asiduo del Canita al aire, famoso burdel de la ciudad, que hizo disfrutar a Gadea, la hija del Marqués, como buen profesional y experto en la materia que era.

Así que sólo quedaba el torneo. Su corcel, Sagitario, era un caballo bueno y vigoroso, y él mismo había practicado el arte de la justa muchas veces. Sus primeras rondas fueron sin problema, pimpines ingenuos que cayeron sin más. Las dificultades comenzaron en cuartos de final: su adversario era nada menos que Rolando Mataelfos, célebre caudillo bugbear. Tras dos encuentros en los que las lanzas se rompieron pero sin derribar al contrario, Domiciano se encontró con la suerte de que el caballo de Rolando se pisó sin querer su gualdrapa - el manto que llevan para protegerse-, cayendo de boca corcel y jinete. El Perrenque, exquisito y deportivo, se estuvo descojonando en su cara diez minutos, lo que tardó el Rolando en recoger sus dientes de la arena.
En semifinales se las vio con Edelmiro, Duque de Tresrrábanos, uno de los más conspicuos condottieros de todo el país. Tras los dos primeros encuentros, que no decidieron nada, Domiciano puso de matute una cajita de polvos pica-pica en la punta de su lanza, que apenas se distinguía. Cuando los caballeros entrechocaron brutalmente sus armas, la caja se desintegró y la nube de polvos le acertó a Edelmiro en pleno rostro, colándosele el pica-pica en los ojos por la ranura de la celada. Tan horrible fue el picor que sintió que soltó la lanza y el escudo, llevándose las manos a la cara, y cayendo a la arena por la insoportable picazón.
En la gran final, se enfrentaba Domiciano a Godofredo, el Príncipe Heredero al trono. Las leyes dictaban que cruzar armas contra él era motivo de condena a muerte, y por ello preguntó el Perrenque a los jueces que qué podía hacerse. Estos le dijeron que, según las reglas, podían jugarse la final al póker, en lugar de la justa. Lo malo fue que el Príncipe dijo que nones, pues la fama de Domiciano como tahúr era ya legendaria.
Por tanto, el Rey Higinio XI, juez supremo, ordenó que se jugaran el favor de la doncella - la Infanta Clotilde-, excepcionalmente, al piedra-papel-tijera. Perdió El Perrenque porque tenía los dedos índice y corazón entablillados, y por tanto no podía hacer el signo de tijera. Se quedó sin mojar, pues; pero el Rey, un tío enrollado al que caía en gracia nuestro Domiciano, le otorgó un ascenso gratis en el escalafón, y pasó a ser coronel, cuando 15 días antes era tan sólo comandante. Para consolarse, habló con Bernabé Ciencuernos, el del burdel antes mencionado, y la noche no fue de desflore, pero fue un peazo noche de cojones…continuará.





































