
Hijos míos, en un mundo brutal e inmisericorde como es el de Mystara, las guerras son tan corrientes como las monedas, y seguro os tocará luchar y sufrir en alguna, con convalecencia incluida…leed, leed…
Estábamos todo el grupo (Lucinio Luci el enano, Segismundo Segis el hobbit, Avelino Lino el guerrero, Saturnino Satur el clérigo, Evaristo Risto el elfo, Hipólito Poli el mago y servidor de ustedes, Fot Aël Fotito el ladrón), contratados como mercenarios en la sangrienta Guerra de Tesk, luchando contra los orcos y hobgoblins de Sauron. Las cosas se hallaban al rojo vivo, y las luchas en colinas y bosques se recrudecían por momentos. Teníamos orden de destruir un puente para cortar la ruta de suministros del enemigo, con la mala suerte de topar con un batallón de humanos hostiles antes de lograr el objetivo. Debido a su abrumadora superioridad numérica, el combate fue muy desigual, y habríamos muerto con total seguridad, de no acudir en nuestro auxilio una nutrida fuerza aliada. Salvamos la vida, pero a costa de quedar gravemente heridos - yo tenía un mazazo en la cabeza, Segis y Avelino lanzazos por todo el cuerpo, los demás heridas de espada y hacha…-y fuimos evacuados a un hospital militar en la retaguardia.
Pasados unos días, mejorando ya nuestras heridas pero aún postrados en cama, se nos anunció a todos los pacientes que nos visitaría la Princesa Ibelina, prometida del Príncipe Heredero Victoriano. Ibelina era una doncella de 19 años bellísima, rubia platino, cuerpo de infarto y candidez manifiesta. En fin, el día señalado nos dieron pijamas y mantas relucientes, los ambientadores de hierbas sagradas funcionaban a todo trapo y las cuñas desaparecieron como por conjuro de Poli. Apareció la princesa acompañada de generales, coroneles y alféreces emperifollados y con más medallas que Mark Spitz, repartiendo sonrisas, ampollas de agua a los enfermos menos graves, conversando con algunos de nosotros - conmigo no se paró, la muy guarra-…total, que se dirigió a Avelino - que se encontraba en la última cama, junto a la puerta del almacén de la limpieza-, trabando con él animada conversación, en la que no faltaron guiños y sonrisitas cómplices, ante la mirada mosqueada de los oficiales.
De pronto, se oyó un estruendo terrible que nos heló la sangre a todos: un feroz dragón azul había localizado el hospital y se lanzó contra el edificio, temblando su estructura ante el embate de tamaña mole. La alerta general puso a todos los guardianes del nosocomio en pie de guerra, y los generales salieron en tropel de nuestra sala para organizar y coordinar a la tropa, olvidándose de la Princesa, que del miedo que le entró - estaba más blanca que nuestras sábanas-, se escondió en el susodicho almacén.
Avelino, que aun cojeando podía incorporarse, no lo pensó dos veces, y se deslizó dentro del lugar, cerrando la puerta y echando el cerrojo. Todos nos miramos entre nosotros, envidiando la fortuna del cabrón de nuestro camarada. Entre acometida y acometida del dragón, que daba unos golpes al tejado que Ilúvatar tiritaba, y entre los gritos de los guerreros que luchaban contra el colosal monstruo, empezamos a escuchar grititos y gemidos procedentes del almacén, algo con lo que nosotros - sobre todo Segis, dueño de un puticlub de La Comarca junto con su primo Eutimio-, estábamos sobradamente familiarizados.
El problema fue que la cosa subió de tono y decibelios -¡ joder con Lino, y nunca mejor dicho!-, y unas pisadas anunciaron que venían soldados. Nos miramos alarmados, ya que si pillaban a nuestro amigo en plena faena, lo decapitarían en un decir amén.
- ¡Hay que hacer algo! - declaró Lucinio-.
- ¡Cantad algo en voz alta, coño! - dijo Satur-. ¡Así no oirán el fregao !
-¿Y qué narices cantamos? - objetó Evaristo-.
- ¡Chico, cualquier cosa! - repliqué yo-, ¡himnos de guerra, por ejemplo! ¡A ver! ¡Mi Patria y Mi Espada!
Y empezamos a entonar a voz en grito aquello de “Mi Patria me ata en todo mi ser, mi espada está lista para defender…” Cuando llegaron los soldados a la estancia, nos hallaron en este plan, y elogiaron complacidos nuestro cántico:
- ¡Así me gusta, compañeros! ¡Ya que no podéis luchar, animáis a vuestros camaradas con himnos para subirles la moral! ¡Así se hace! - declaró el decurión -; perdonad que os interrumpa un momento, ¿habéis visto a Su Alteza por aquí?
Nosotros, sabiendo que si dejábamos de cantar un solo instante descubrirían el pastel - tela cómo gritaba de placer la Real Nena-, negamos con nuestras cabezas sin dejar de cantar, lo que hizo que el suboficial volviera a alabarnos, antes de despedirse de nosotros. Al cabo de un rato, nuestro bravo Avelino, con una cara de felicidad que no podía con ella, abrió y se volvió a meter en su lecho, tumbándose boca arriba, cruzando las piernas y llevándose las manos a su nuca, y mirándonos con cara de fumarse un puro. Casi a la vez, unos gritos de triunfo procedentes del exterior nos revelaban que el dragón había huído, y todo regresaba a la normalidad.
Los generales, informados por el mentado decurión, nos estrecharon las manos, deshaciéndose en elogios para con nosotros:
- ¡Os felicito, soldados! ¡Un bello gesto, el de enardecer los corazones de los que sí podían luchar!
- Sois un ejemplo para vuestros hermanos de armas, soldados. Solicitaré para vosotros un aumento de sueldo y ración.
- ¡Hermosa actitud, muchachos, hermosa actitud! ¡Seréis recompensados!
Si vosotros supiérais, pardillos, pensábamos nosotros. Y en ésas estábamos, cuando la Princesa salió del almacén, convertida ya en mujer y con sus ropajes algo descolocados - ejem-.
- ¡Alteza! ¡Estábais aquí, escondida en el almacén! - dijo un general-.
- Así es. Entre el estruendo y la confusión, me entró miedo y me escondí ahí.
- Una reacción inteligente por vuestra parte, Alteza. Permitidme elogiaros. ¿Ninguno de vosotros se percató de que la Princesa se ocultó en el almacén? - dijo un coronel, con cara inquisitiva-.
- Pues la verdad es que no, mi coronel - dijo Lucinio-; entre nuestros cánticos y el caos desatado…
- Yo tampoco vi nada, sólo me puse a cantar con mis compañeros - añadió Evaristo-.
- Nada de nada - dije yo-.
- Bueno, bueno…en fin, bien está lo que bien acaba. Venid, Alteza, regresamos a palacio. Adiós, bravos soldados.
Cuando los capitostes se habían ido, se acercó un momento el decurión:
- Oye - dijo, dirigiéndose a Avelino-, creo que tú no estabas en tu lecho cuando entré aquí con mi tropa…
Silencio de velatorio. El aire se cortaba con un cuchillo.
- Es que…del pánico que me entró, me escondí debajo de la cama, mi decurión. Perdone mi cobardía.
El suboficial, veterano de guerra y curtido en cien batallas - más sabe el diablo por viejo que por diablo-, miró al guerrero, miró la puerta del almacén y mostró una sonrisa de oreja a oreja.
- Comprendo - dijo, y se marchó-.
Y bueno, al cabo de 20 días estábamos de vuelta a la lucha, aunque nuestros generales cumplieron su palabra y nuestra soldada y manutención mejoraron. Por cierto, la Princesa se casó tres meses después del incidente del dragón con el Príncipe Victoriano; y no os podéis imaginar el cacao que se armó, cuando dio a luz a un hermoso varón, cinco meses y medio después del enlace. De antología, vamos…¡Ay, las convalecencias! Hasta otra, Fot Aël S.




































- ¡Hay que hacer algo! - declaró Lucinio-.
- ¡Cantad algo en voz alta, coño! - dijo Satur-. ¡Así no oirán el fregao !