
Hijos míos, no olvidéis que hay que enterarse e informarse bien, antes de pisar el dungeon que se quiere saquear a gusto…leed, leed…
Tarde de melancolía en El Trasgo Sarasa: hacía ya un tiempo que no salíamos de aventuras – estábamos en crisis-, y la faltriquera se empezaba a resentir; no obstante, Cipriano, nuestro fiel amigo y dueño del bar, se preocupó de nuestra situación y nos consiguió un soplo que consideramos de fiar; Atanagildo, uno de los guerreros más bravos de Balshad, ya retirado, nos habló de El Azor, un dungeon de los tentadores:
- Sí, muchachos, al norte de Garthrast. Un palacio abandonado de un antiguo duque, de cuando Sauron andaba a gatas. Yo mismo fui de joven y dimos un buen palo…allí el dinero corre que da gloria…no desperdiciéis la ocasión.
Tras invitar al viejete a varias rondas, en señal de agradecimiento, Poli, Lino, Luci, Segis, Risto, Satur y yo nos preparamos. Aún recuerdo a mi difunta Lutgarda poniéndome la bufanda de cuadros sobre la armadura de cuero:
- Y recuerda echarte la manta de rombos sobre el saco de dormir, ¿eh? Que tus trancazos en medio de los caminos son de campeonato de Mordor…
Lo cierto es que el viaje fue largo, casi un mes, pues aquello nos pillaba a tomar por saco a la derecha. La caza y algún que otro robo ocasional hicieron que el gasto no fuera excesivo. Por fin, llegamos ante el palacio de marras, sorprendentemente bien cuidado y conservado:
- Oye, ¿no dijo Atanagildo que esto tenía más años que el Anillo Único? – declaró Segis, mosqueado-.
- Pues la fachada está impecable – añadió Satur-. Con rótulo en letra gótica y todo. Y no somos los únicos aventureros, ¡mirad!
Un grupo de aventureros bajó de un elegante carruaje, ante las mismas puertas del palacio. A paso anormalmente lento, penetraron en el recinto.
- Oye, ¿no era un bastón lo que llevaba uno de ellos? – dije yo-.
- Bueno, podría ser un bastón mágico, o algún cetro arcano – replicó Evaristo.
- O una lanza – declaró Avelino-. De cualquier modo, veamos qué se cuece aquí dentro.
Entramos en el palacio, sin necesidad ninguna de forzar las puertas, pues éstas eran giratorias. Desenvainamos las espadas, pero no hizo falta encender ninguna lámpara, el dungeon estaba bien iluminado. De repente, un orco nos salió al paso, poniéndonos en alerta; pero al punto vimos que estaba desarmado y que, sobre la cota de malla, llevaba una pajarita bleu nuit:
- Buenas tardes, ¿qué desean? – preguntó en un impecable Común-.
- Pues veníamos…veníamos a saquear este dungeon, El Azor, ¿no? – dijo Evaristo, más corrido que una mona-.
El conserje orcuno se echó a reír:
- Pero hombre, ¿quién les ha dicho eso? ¡Hace treinta años que El Azor fue reformado por Sauron, y reconvertido en casino! ¡Apenas venían aventureros y tuvo que cerrar! ¡Los orcos fuimos reconvertidos en conserjes, los muertos-vivientes en croupiers y las medusas en camareras!
Nos miramos entre nosotros consternados, con esa cara de decir la hemos cagao. Satur se dio una palmada en su calva frente, y Evaristo comenzó a musitar palabras en su lengua que me alegré mucho de no entender, porque ya imagino cuáles eran.
Segis, animal de puticlub y afines, no se amilanó:
- Oiga, si esto es un casino, se podrá jugar, ¿no?
- Por supuesto, caballero. Tengan la bondad de dejar armas y equipo en la consigna – gratuita-, a mi compañera la simpática mantícora, y les doy unas fichas por valor de…mil monedas de oro, para empezar toreros, ¿de acuerdo?
Nos miramos entre nosotros y aceptamos la situación:
- Bu-bueno, hemos ve-venido a g-ganar di-dinero, ¿n-no? – dijo Poli-.
- Tú lo has dicho pollo – concluyó Lucinio-. ¡A ver, guapetona! ¡Ten el hacha y el abrigo, si haces el favor! ¡Esas espinas en el lomo y esos colmillos asesinos le sientan bien a tu rostro, ¿eh picarona?
- Merci beaucoup, monsieur – respondió sonriendo la mantícora-.
¡A las mesas de juego! Me puse mi corbata azul turquesa – el color del clan Shadowalker, ¡no olvidéis llevar una corbata en la mochila cada vez que salgáis de aventuras, para estas eventualidades!-, y cogí las fichas.
- Todo al negro, monsieur- le indiqué al croupier, un necrófago alto y con peinado a lo Mijatovic-.
- Rojo gana.
- Joder.
- 500 monedas al número 23 – dijo Lucinio en la ruleta-.
- El número 4, señores.
- ¿¡Será posible!?
- Vamos a ver esos dados – exclamó Evaristo-…¡un ocho!
- Nueve el caballero kobold de la esquina.
- ¡Por un pelín de rana!
- Trío de ases, señores – declaró Avelino en el póker-.
- Full de damas y seises - replicó su oponente gnoll-.
En tres cuartos de hora casi nos habían desplumado. ¿Cómo llegaríamos a casa, con un mes de viaje de vuelta, sin una mísera moneda de cobre? ¿Qué le diríamos a nuestras esposas/queridas/novias/fulanas, dependiendo de cada caso? Lucinio se tiraba de los pelos:
- ¡La ruina! ¡La horca! ¡La mendicidad! ¡El comedor de pobres!
- En algo tenía razón el cabrón del Atanagildo - declaró Satur con clerical resignación-: el dinero corre que da gloria, desde luego…
Tan sólo nos quedaban 20 monedas de oro, así que el grupo decidió fiarse del ladrón, o sea servidor de ustedes, para una nueva manita de póker. Y si hacía falta hacer trampas…¿quién mejor que yo? Decidí que un comodín en cada manga no le iba a hacer mal a nadie, y me senté en la mesa a jugármela.
- ¡Gana el señor Shadowérez con full de sietes y doses! (había dado, naturalmente, un nombre falso). Ahí van nuevas cartas, caballeros.
- De nuevo el señor Shadowérez, con un trío de damas. Seguimos jugando, nobles señores.
- El señor Shadowérez se impone con un repóker de…¿¡de qué coño!?
Miré mis cartas y constaté mi metedura de remo: inserté mal los comodines de mis mangas en la jugada y salían 5 jokers, sin ni una sola carta propiamente dicha. Maldito sea el vino barato.
- ¡Cabróóóóóóóóón! ¡Guardias! ¡A por él!
Y se armó el tiberio: comenzaron a volar las hostias como panes de pueblo, mesas volcadas, patadas en los genitales… al principio no se nos dio mal, pero enseguida vinieron los ogros seguratas, y ahí nos salvaron Evaristo y Lucinio; el primero, con un conjuro de imagen espejo, que reprodujo su persona en 6 imágenes más, provocando que los guardias atacaran a meras ilusiones ópticas. Lucinio fue más bandido, cosa que le honra: saltó a la consigna, le dio un beso a la asustada y recatada mantícora, que se ruborizó ante el hecho, y nos pasó todos los trastos lanzándonoslos.
Con las espadas en la mano la cosa ya se dio mejor, aparte de que yo agarré tres sacos y metí todas las monedas, desperdigadas o en bolsitas, que mi vista alcanzó a ver sobre las mesas o en el suelo. Tras un show de furia guerrera, salimos pitando en nuestros caballos, con la caballería de Garthrast detrás nuestro. Lucinio se estaba vendando una herida en el brazo malo, Avelino tenía un ligero mazazo en el hombro izquierdo, Satur tenía la coraza abollada, Segis se estaba echando árnica en un pómulo, Poli escupía sangre como si fuera un manantial cabreado, Evaristo se puso una chuleta cruda en un ojo y yo tenía el tobillo derecho hecho migas; mas, con todo y con eso, dimos esquinazo a los soldados y logramos llegar a casa, tras una penosa travesía de heridas y fracturas.
Cinco mil monedas de oro, dos mil de plata y seis gemas de gran valor fueron el botín, con lo que llegamos a nuestros respectivos domicilios convertidos en héroes. En El Trasgo Sarasa y aun en toda la ciudad no se hablaba de otra cosa que no fuera nuestra hazaña. Incluso perdonamos a Atanagildo con unas cañas y unas bravas, que el pobre lo dijo con buena intención, y sin él no habría tenido lugar nada de lo ocurrido; pero con todo y con eso, chicos, no olvidéis informaros bien sobre el lugar que queráis explorar, antes de salir hacia allá…Hasta otra, Fot Aël S.



































