
“Hijos míos, en el Mundo Antiguo, antes de que el Cataclismo se lo llevara todo por delante, se celebraban las Gymkanas, una suerte de competiciones deportivas variadas, en las que participaba todo aventurero que se preciara de serlo. Extrañamente, no se ha seguido con esta noble tradición…leed, leed…
Las Gymkanas eran unas competiciones en las que se celebraban diferentes pruebas atléticas y de aventura, nada menos que 20 disciplinas: carrera de obstáculos, torneos, combate con hacha, lanza, espada y escudo, tiro con arco y con ballesta, desactivar trampas, trepar paredes, conjuros defensivos, conjuros de ataque, dungeon en solitario y en grupo, lanzamiento de jabalina, de martillo de guerra, combate naval, ejecución de reos, lanzamiento con catapulta, salto de altura con la armadura puesta y salto de longitud con foso de cocodrilos.
Famosísimas en todo el orbe, se celebraban cada 4 años en Obela, que fue el país que se sacó de la manga estas competiciones. Recuerdo que en las penúltimas participamos todo el grupo; era una época de escasez en los dungeons y, animados por Cipriano, el dueño de El Trasgo Sarasa, nuestra taberna base de operaciones, y por Valeriano, el alcalde de Antequera del Nazgûl, nos animamos.
¿Qué era lo malo de la Gymkana? Lo que costaba llegar allí. No es que Obela fuera un país remoto, es que, según las leyes internacionales, cuando se celebraba una Gymkana era obligatorio recrudecer las guerras en lugar de pararlas (hay que reconocer que, en el Mundo Antiguo, éramos un poquito brutitos con ciertas cosas), y eso provocaba que llegar sano y salvo al Castillo de Olimpio (el lugar concreto donde tenían lugar las competiciones, llamado así por el Rey que creó los juegos, Olimpio III Elsuelo), fuera toda una odisea. El caso es que nosotros, a base de conjuros de invisibilidad, viajar de noche y sigilo al canto, llegamos sin problema.
Lucinio se apuntó a combate con hacha, perdiendo en cuartos de final contra Serafín, el Balrog de Rhûn; Evaristo compitió en conjuros de ataque, quedando eliminado en segunda ronda por estornudar mientras pronunciaba las palabras mágicas; Avelino probó suerte en lanzamiento de martillo de guerra, obteniendo un meritorio sexto puesto, con lo que consiguió un diploma - que luego canjeó en El Trasgo Sarasa por 3 litros de tintorro semiseco de Tierras Élficas; Cipriano lo colgó en la pared, entre el cartelito de “Reservado el derecho de admisión” y el de “Hoy es un día maravilloso, verás cómo viene alguien Y LO JODE”-; Segis compitió en salto de altura con la armadura puesta, quedando penúltimo - genio y figura: competir en esa modalidad siendo hobbit-; Satur quedó undécimo en conjuros defensivos - no pudo evitar un proyectil mágico que le acertó en el culo, estuvo sin poder sentarse 15 días-; y Poli, por su parte, tomó idem en carreras de obstáculos, tropezándose a la segunda valla con su túnica y cayendo de bruces sobre un cardo pinchudo, teniendo que ser atendido de urgencia. Así que sólo quedaba yo…
Me apunté a desactivar trampas, para lo de trepar por la pared andaba con lumbago esos días; además, sólo te podías inscribir en una sola modalidad individual y en otra colectiva - no competimos todos juntos en dungeon en grupo por las lesiones de Poli y Satur-. Así que, con más ánimo que vergüenza, me dirigí al patio de las trampas y comenzaron las eliminatorias. Al principio fue coser y cantar, los años de clases de Artificio en la Casa Gremial dieron sus frutos, y pasé holgadamente.
En octavos de final competí contra un ratero de Garthrast, en la ardua prueba de la bomba fétida: yo logré que no estallara, no así mi adversario; en medio de un hedor insoportable, el árbitro me proclamó vencedor.
En cuartos tuve que desactivar una trampa de cuchilla venenosa, inserta en la cerradura de un cofre. Logré desactivar el mecanismo con la ayuda de un clip, mientras mi adversario, un orco de Minas Morgul, moría atravesado por un dardo con cianuro.
En semifinales fue el cronómetro quien me dio la victoria: una trampa deslizante que acababa en un muro de estacas puntiagudas; tanto mi menda como mi adversario, Fulgencio Terroba, un salteador de Valeria, conseguimos inutilizar el dispositivo que accionaba la trampa - una baldosa blanda -, pero yo lo logré 5 segundos antes que él. A la finalísima en medio del júbilo de mis compañeros Segis, Evaristo, Lucinio y Avelino, que llevaban una pancarta de “VAMOS FOTITO”, y unas camisetas confeccionadas por las putas del burdel de Eutimio de La Comarca- primo de Segis-, con el lema “FOTITO, PÓNTELO, PÓNSELO (el oro)”, y unos gorros con forma de condón para redondear la publicidad. Además, Lucinio llevaba una trompeta con la que tocaba, para animarme en los descansos, “La Cabra, la cabra” , “Cuando al son se alzarán las banderas” y “Soy Minero”.
Bueno, pues la final era contra Haldir II Pichabrava, un ladrón elfo de fama internacional, de los de guante blanco y elegantes modales y vestimenta - mirad si era pijo el cabrón, que las puertas no las abría con el juego de ganzúas, como es lo normal, sino con el alfiler de su corbata-. Antes de comenzar la prueba, que consistía en desactivar una trampa de guillotina cenital y flechas laterales con curare simultáneamente - algo más difícil que ordeñar a una pulga con guantes de boxeo-, me dio la mano, deseándome suerte. Nobleza obliga y se la dí, pero he aquí que la retiré enseguida por un pinchacito leve, casi imperceptible, comenzando a renglón seguido a sentir una inusual debilidad en mis músculos. Comprendí lo que pasaba y quise advertir a los jueces, pero dieron comienzo a la prueba con la bocina y, con el reglamento en la mano, una vez que suena la bocina ya no es posible parar ni reclamar. Así que, con el cuerpo como si me acabaran de dar una tunda, y tras 10 minutos de competición, corté penosamente el hilo de acero que conectaba las flechas, mientras Haldir ya estaba palpando el mecanismo de la guillotina y desactivándolo, ganando la final.
Los jueces no atendieron a razones a pesar de que apenas me tenía en pie. Cuando, al cabo de un rato, me sentí mejor, comenzó la ceremonia de entrega de medallas. Estaba en el podio recibiendo la medalla de plata, cuando comenzó a sonar “Me cago en los Valar”, el himno de Tierras Élficas, en honor de Pichabrava. Saqué disimuladamente mi daga untada con veneno de mi camisa y la escondí en el ramo de flores que llevaba en las manos. Cuando, tras sonar el himno, nos hicimos la foto - subidos en lo más alto del podio y abrazados- Haldir, Julián el Ratero de Lorena y yo, clavé la punta de mi puñal, levemente, en el costado del campeón.
- Donde las dan las toman, cornudo cabrón - le susurré sin dejar de sonreír al público-.
Y al día siguiente, Haldir II Pichabrava apareció muerto en la cama del prostíbulo en donde había ido a celebrar su oro. El suceso dio la vuelta al mundo, y tuve que salir, forzado por las circunstancias, a la palestra para manifestar mi tristeza por el infortunado suceso, mientras magos periodistas me hacían fotos con un conjuro de luz que dejaba impresa mi imagen en el pergamino, tras meterlo en agua:
- Fue un gran rival y mejor persona. No comprendo qué ha podido pasar…
Así que, aquí donde me veis, medalla de plata en Gymkana en desactivar trampas…hasta otra, Fot Aël S.”



































