Danienlared. Lider mundial de “Dune” en español

Abril 25th, 2009 at 7:00 am

Sillmarem 1. “El Conde”



“He aquí la violencia definitiva, intentar destruir a tu creador, al creador de todas las cosas, comenzando por su creación, ¿comprendéis ahora mi anticipación? Solo pretendo salvar al hombre de sí mismo, lo único que nos diferencia del ángel caído, es que aun se nos otorga el don del arrepentimiento y poco más, cuando dejemos de ejercerlo, nos condenaremos”.

Conde Alexander von Hassler. (La sutil línea de la levedad de la carne)

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Anastas se preguntaba dónde demonios podía estar Nathan. En esos momentos el Conde Alexander Von Hassler, sobrino del Imperator, le observaba con atención, como leyendo sus reflexiones, hizo una seña a uno de sus guardianes y, en un segundo, la lujosa estancia quedo vacía, tan solo estaban en ella El Conde, Mesala y Anastas Timonides Kratides Rector de la Academia de Thenak, en el planeta Thenae.
-Mi buen Mesala, hazle un favor a nuestro querido Anastas, ten la amabilidad de descorrer las cortinas, tengo algo que quizás le pueda interesar a nuestro ilustre huésped -dijo el Conde esbozando una suave sonrisa, exhibiendo una perfecta dentadura.
Mesala obedeció y, tirando de un pequeño cordel, descorrió dos amplias cortinas de seda escarlata.
Lo primero que apareció a los ojos de Anastas, en la nueva sala presentada por Mesala, era la exhibición que hacía gala de muchas y preciadas obras de arte, de la colección personal del Conde. Auténticas obras de todos los mundos conocidos, una interminable lista que demostraba la clara despreocupación del Conde por satisfacer sus gustos hasta para el más mínimo de sus caprichos, ingentes cantidades de riqueza que abrumaban a Anastas por su ostentación.

El Conde chasqueó los dedos, de la parte central de la sala, se retiró una oscura pared que parecía ocultar una plataforma de gran dimensión. En un abrir y cerrar de ojos, oculto por la sombra, apareció la figura de Nathan Lowenstein, permanecía completamente quieto, con el rostro muy pálido.

Un trío de Cobras rojas de Indha, de gigantesco tamaño, le circundaban evitando que Nathan pudiese huir, al mismo tiempo que impedían que nadie se acercara a él, a pesar de su difícil situación y de estar agotado, se mantuvo inmóvil.
Dos águilas de platino levitaban sobre la imagen holográfica de sendas llamas de fuego, dándole a la plataforma un clímax de irrealidad. Anastas se inquietó, aquello era absurdo, absurdo, pensó. No lo podía creer, era un inesperado e impactante shock para el viejo Rector de Thenae que, con la angustia reflejada en su rostro, se giró al Conde sin articular palabra, hasta que por fin lo hizo:

-Prometisteis respetar su vida, lo prometisteis.
-Mi querido Anastas, os lo he dicho una vez y os lo repito de nuevo, pobre de aquel que confíe en el hombre -dijo el Conde.
-¿Por qué? Es solo un niño, Conde me disteis vuestra palabra.
-Ah, ah, sí tan solo los problemas de los hombres se solucionasen con palabras y diálogo, ¿no habitaríamos en un universo mejor? Por desgracia no es así, un hombre de mi posición debe adaptarse a las circunstancias y a falta de palabras, que mejor que hechos.
-Id al grano ¿qué queréis?

-¿Que qué quiero? Deducidlo vos mismo, dibujad vuestro pensamiento mediante vuestras palabras. Necesito guardarme las espaldas, una palabra, un gesto que me asegure que cumpliréis vuestra palabra y hagáis lo que os pido.
-¿O de lo contrario…?

-Mesala, por favor -dijo el Conde.
Mesala tecleó algo en el teclado de su muñeca, mirando de reojo a Nathan. La plataforma se inclinó automáticamente, hasta tal punto y con tal rapidez que Nathan no pudo mantener el equilibrio y cayó de rodillas a muy poca distancia de las Cobras Rojas que, con cada gesto de Nathan, se ponían más nerviosas, pero no atacaban.
-Nathan, Nathan, no te muevas, ¿me oyes hijo? No te muevas.
Nathan permaneció quieto y rígido, susurrando:
-Maestro… maestro.

-¡Maldito seáis Conde! ¿Qué queréis? Haré lo que me pidáis pero dejad al muchacho en paz, por todos los poderes del cielo, lo vais a matar… es solo un crío.
El Conde logrando ya lo que quería, la colaboración de Anastas, fue a dar la orden a Mesala cuando surgió algo inesperado. Nathan con increíble velocidad, lanzó su mano derecha, desplazando a una de las serpientes contra la otra, sintiendo una afilada punzada cerca de su muñeca.
-Aaaargh.
Una ardiente agonía atravesó su cuerpo como una exhalación, sus nervios vibraban de dolor, nublándose su vista, podía sentir como se le escapaba la vida, se ahogaba buscando una bocanada de aire, se le agarrotaban los músculos, la hemotoxina del veneno, le paralizaba el funcionamiento de sus órganos, trató de ponerse de pie pero resbaló con pesadez.
El Conde observó a Anastas mientras decía sonriente:
-¿Te das cuenta de lo estúpida que ha sido esa idea Anastas? Pobre, pobre muchacho.
Anastas se desesperó por completo, la rabia estuvo a punto de hacerle perder la cordura. El Conde, que tenía plena consciencia de lo que era capaz de hacer un hombre acorralado, decidió que ya era suficiente.

-Mesala, el antídoto, por favor.
Mesala se acercó a Nathan, las cobras retrocedieron al instante al identificar sus feromonas y comprobar que eran de un hombre de palacio, de lo contrario lo hubiesen acribillado a mordiscos.

Mesala se inclinó, buscó el pulso de Nathan, sacó una pequeña pistola-inyector, la acercó a la altura del cuello y, presionando con fuerza, inoculó el antídoto observando como evolucionaba, tomándole el pulso de nuevo. En toda la sala solo se oía la cuenta de Mesala:
-Uno, dos, tres… quince, dieciséis, ciento veinte.
Una vez seguro de que el pulso se restablecía, oprimió el intercomunicador de su pectoral y llamó al personal médico.

Por una puerta lateral, camuflada tras un Senso-cuadro, penetraron un médico y dos de sus ayudantes con una camilla a suspensor, volviendo a desaparecer de la misma forma. En un latido de corazón Mesala volvió a correr las sedosas cortinas rojas como si nada hubiese tenido lugar y todo fuera un mal sueño. Únicamente pronunció una palabra:
-Vivirá.

Anastas se dejó caer sobre el respaldo de su asiento, se veía pesado y extenuado.
-¿Y bien Conde? -preguntó Anastas.
-Esto es solo una pequeña prueba de lo magnánimo que puedo llegar a ser, pero no olvidéis la otra cara de la moneda -dijo el Conde.
-Comprendo.
-Más vale que sea así -dijo con frialdad el Conde-. Bien, bien, bien, ya veo que nos entendemos.

A sus espaldas Anastas observó como el Senso-Cuadro, al paso del Conde, mostraba formas alegres, sinuosas, con colores y movimientos armoniosos, reflejando claramente su estado de ánimo. Éste se apartó y dejó a Anastas frente al Senso-cuadro, ahora las formas y líneas eran abruptas, nerviosas, con movimientos espasmódicos, un oscuro torbellino de sangre parecía explotar en aquel cuadro.

Anastas sabía que aquello reflejaba su estado de ánimo interior, a base de Lectores Neuronales, los dispositivos del cuadro podían percibir las sensaciones nerviosas del observador más cercano. Esperaba con temor la puesta en escena que le estaba preparando el Conde para hacerle saber que quería de él.

Anastas seguía con la mirada al Conde, haciendo acopio de energías. El Conde, con delicadeza, era la viva expresión de la afabilidad, la sumisión y la bondad personificada, una ingenua inocencia pareció circundar sus bellas y por lo general frías y herméticas facciones, parecía dormido en sus propios pensamientos. Terminó de darle la espalda y con singular lentitud comenzó a girar sobre sí, a duras penas conteniendo una carcajada, encorvando la espalda, retraído, en señal de acatamiento. Inesperadamente, Anastas sintió como un temblor creciente de incontrolado terror, le recorría la espalda como si la calma de una temible hecatombe a punto de estallar, le despertara una de sus peores pesadillas.

El Conde bajó la mirada con timidez, levantó su mano derecha, blanca y pálida como una estrella del norte y, con cálida voz, comenzó a hablar.
-Fijaos bien en mi mano Anastas.
Anastas posó sus pupilas, hipnotizado sobre aquella mano de ultratumba.
-Fijaos en este simple dedo meñique, porque en él hallaréis concentrado un poder del que ningún ser humano ha logrado ni imaginado poseer jamás.
-Deliráis -balbuceó Anastas sin fuerza en la voz.
-Porque con tan solo un gesto de mi dedo meñique…
El anillo del Conde brilló con especial intensidad.

-Un gesto de mi dedo meñique y civilizaciones, supervivientes a través de los eones, en cuestión de minutos dejarían de existir siendo presa de las cenizas. Un gesto y planetas sobrevivientes a los más poderosos cataclismos de la naturaleza, desaparecerían convirtiéndose en trillones de asteroides condenados a errar eternamente por los senderos del cosmos.
Anastas se vio paralizado por un pánico, como sabía que jamás había experimentado en toda su existencia.

-Tan solo un débil gesto de mi dedo y, legiones completas se someterán y sacrificarán sus vidas sin vacilación alguna, se construirían ciudades capaces de tocar el cielo, galaxias enteras se inclinaran a mis pies, brillantes culturas se extinguirían en el helado pozo del olvido sin dejar la mas mínima huella. Un aburrido gesto de mi dedo y millones de criaturas al borde de la extinción volverían a vivir, desafiaría con un gesto a sus Dioses y a sus hombres, haría del mal una ciencia y del bien un arte, fabricaría para los hombres, un cielo y un infierno a partes iguales, simple y llanamente por capricho, sería adorado y odiado por igual…
El Conde se echó a reír relajadamente.

-Un solo gesto, y crearía criaturas que los hombres jamás han oído nombrar, un gesto puede significar la condenación y salvación de los descendientes de linajes tan antiguos como el mismo sol de Ravalione, un gesto llenaría la felicidad y el sufrimiento de millones de familias. Fijaos bien Señor de Thenae, Thenak y Mithra, un gesto mío y el más sordo de los dolores o un éxtasis sin fin podríais alcanzar si con ello hago de vos un mártir o un profeta para generaciones futuras -dijo el Conde encogiéndose de hombros-. Puedo convertir a reyes en mendigos y a mendigos en reyes, a ignorantes en sabios, y a sabios en perfectos inútiles… Puedo hacer lo que me plazca, por eso os lo ofrezco… ¡Uníos a mí!
-¿Cómo? –dijo Anastas incrédulo.

-Os tiendo mi mano, uníos a mí e iniciaréis el camino hacia las cotas más altas nunca soñadas por hijo de hombre alguno, os puedo proporcionar vuestros anhelos más profundos, saborear el auténtico poder, os puedo proporcionar la eternidad, tan solo os pediré una cosa a cambio, un insignificante gesto por vuestra parte.
-¿Cuál? -dijo Anastas viendo su conciencia al borde de un precipicio sin fondo.
-Decidme la localización exacta de Sillmarem y os proporcionaré la vida eterna.
-¿La vida Eterna? ¿Bromeáis verdad? Vos no podéis…
-Sí, puedo hacerlo y en su momento lo haré.
-Pero, ¿cómo…?

-Acceded a mi petición y lo comprobareis por vos mismo.
El cuerpo de Anastas temblaba, la tentación era demasiado fuerte. El Conde le miraba con una intensidad que parecía perforarle el cráneo de parte a parte. Cerró los ojos y con un supremo esfuerzo alcanzó a decir muy débil:
-No…

El Conde durante unos cuantos segundos, siguió presionándole con la mirada, se giró y, por último, dijo con mucha suavidad:
-Sé que estáis agotado, os dejaré que meditéis a solas.
Anastas sabía que la duda en la soledad haría más mella en su  ánimo que la propia presencia del Conde, éste por supuesto lo sabía.

Alguien lo trasladó a sus habitaciones, sobre las sabanas de su cama comenzó a rezar, sabedor de que aquello solo era el primer asalto de una batalla personal con el Conde para arrancarle el precioso secreto de la localización de Sillmarem, él era el único de la Interfederación que contactaba con Miklos, como también sabía que el Conde no cedería en su empeño por arrebatarle su secreto, utilizando cualquier medio. Cualquier medio en la terminología del Conde era una frase muy, muy amplia. Con el miedo royéndole, Anastas se durmió presa de una insoportable ansiedad, sumergiéndose en sus miedos. Preparándose para el siguiente asalto.

Extracto perteneciente al capítulo 67 de Sillmarem Libro I: Gambito de Dama.
“El Conde.”, por Gabriel Guerrero Gómez.

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