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Septiembre 29th, 2008 at 7:00 am

Jorge Bucay: “Amarse con los ojos abiertos” (Pt.2)

» by admin in: XENA

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Continuamos con otro interesante texto de este libro de Jorge Bucay:

Volvamos a ver cuál es el conflicto personal de cada uno de ellos que está interfiriendo en la relación. Ayudamos a que cada uno trabaje su problemática personal y mostramos cómo la neurosis de uno se engancha con la del otro. La idea principal otra vez es:”Si te molesta esta situación, ¿qué cuestión personal se refleja en el conflicto?”. El tema básico está plasmado en la frase de Hugh Prater: “Una piedra nunca te irrita a menos que esté en tu camino”.

Nos bloqueamos con el famoso tema de la proyección. Pienso en aquello que tanto nos mostró Nana en sus laboratorios: “Proyecto en el otro las partes de mí que mas rechazo”, “Cuando me doy cuenta de cómo me molesta esto en el otro, investigo cómo me molesta en mi camino”, “Si pienso que yo no tengo nada de esto que me molesta del otro, el trabajo es darme cuenta de qué pongo yo de lo que tengo, porque sino pusiera de lo mío no me molestaría”.

Esto es básico en Gestalt y es lo que dice Jung con el tema de la sombra. Proyecto mi sombra en mi compañero y, al verla en él, la descubro. A partir de ahí tengo dos posibilidades: intentar destruir a temida amenaza destruyéndole a él o aceptar la oportunidad de integrarme con mi sombra y terminar para siempre con su amenaza. Sin duda, esto cambia sustancialmente la óptica y la comprensión de los problemas de pareja. Dejo de culpar al otro por lo que hace y empiezo a ver qué estoy poniendo yo en este particular conflicto. En vez de utilizar mi energía para cambiar al otro, la utilizo para observarme y, a partir de ahí, hablar de mí, de lo que yo necesito, de lo que a mí me pasa con las actitudes que él tiene.

Al otro le resulta mucho más fácil escuchar esto. La clave está en mantenerme siempre conectada con lo que me está pasando y no hablar del otro. En todo caso, si no me agrada lo que sucede, ¿qué otra cosa podría hacer yo para generar algo que me guste más?. Puedo quedarme llorando y quejándome, puedo buscar otro marido o puedo ver cómo estar lo mejor posible con el que quiero y estoy. Puedo usar el conflicto para encontrarle una salida creativa, para ver qué puedo desarrollar de mí misma y en qué puntos ciegos me estoy bloqueando.

Este es mi camino y el que transmito. Esto es lo que me gusta de la vida: ir descubriendo de mí y de los otros; un desafío, no esperar que no haya conflictos, sino verlos como una oportunidad para desarrollarme. Y si es cierto que una de las dificultades es lo proyectado, la otra es la dificultad para darnos cuenta de lo que verdaderamente necesitamos. Por supuesto que cuando no obtenemos lo que creemos necesitar, nos resulta más fácil reaccionar que procurarnos aquello que nos falta, aunque muchas veces estemos pidiendo cosas equivocadas.

Para el otro, desde fuera, nuestra actitud parece por lo menos exagerada cuando no francamente irracional. Y posiblemente lo sea, porque estas actitudes tan arcaicas provienen en realidad de los primeros años de vida, de las conductas que aprendemos para defendernos de las heridas padecidas en la infancia…

John Bradshaw llama a este recuerdo de la herida primigenia “el niño herido”. Es este niño herido que llevamos dentro el que nos hace actuar así. Los dolores que no pudimos expresar en nuestra infancia los cargamos como una mochila, y se expresan en nuestras reacciones antes de que nos demos cuenta, de modo que nos encontramos instalados allí antes de poder pensar. Estas reacciones son las que nos causan más problemas en las relaciones íntimas.

Desdichadamente, cuando vivimos una relación, los enfados y dolores no resultos en el pasado los plasmamos en el presente con el otro a través de nuestras reacciones. Por lo general, estos viejos dolores no aparecen hasta que tenemos una relación de pareja. El noviazgo y el matrimonio disparan estas viejas heridas y suponemos que es nuestro compañero el que las causa. Habitualmente esto no ocurre al principio, sino a medido que nos vamos sintiendo verdaderamente unidos al otro.

Este niño herido que llevamos en nuestro interior es como un agujero negro que lo absorbe todo, es como un dolor de muelas:cuando aparece no podemos pensar en otra cosa, el dolor domina nuestra vida. En muchos casos de separación el problema no se encuentra en la relación de uno con el otro, sino en asuntos no resueltos de uno de ellos (o de los dos) con su propio pasado. Mi reacción genera tu reacción, y así nos vamos potenciando negativamente. Cuando acarreamos a nuestros niños heridos tenemos la sensación de no estar nunca en el presente. Siempre estamos reaccionando por cosas que nos pasaron hace muchos años. ESto imposibilitará la relación con el otro.

Hasta que no me ocupe de este niño herido, él seguirá reaccionando y empeorando mis relaciones íntimas. Y el único que puede escucharlo soy yo mismo cuando me ocupo de su tristeza, de su enfado. Entonces el niño no reacciona porque está contenido. Es necesario aclarar que no es posible descubrir algunas de estas heridas en soledad. Necesitamos de alguien que nos permita encontrarlas, un vínculo que las dispare con una persona que las autorice, que nos permita sentir lo que sentimos sin descalificarnos. El niño herido necesita la validación de su dolor. Sólo cuando la persona se siente validada en su dolor puede expresarlo y atravesarlo.

El dolor es un proceso que ocurre a través del shock, la tristeza, la soledad, la herida, el enojo, la rabia, el remordimiento. Y dura mucho tiempo. Para llegar al punto del dolor es fundamentar dejar de culpar al otro y observar qué me pasa a mí a través de mis reacciones. Cuando establecemos una pareja hacemos un pacto inconsciente en el cual, por ejemplo, yo espero que tú seas el padre que no me va a abandonar y tú esperas que yo sea la madre que te va a aceptar incondicionalmente como eres.

Y cuando esto no ocurre, porque es imposible que el otro cure mis heridas, empiezo a culparle.
En los peores casos, cuando mi pareja siente este vacío que no puede llenar el uno con el otro, deciden tener un hijo…Y los que aparentan ser dos adultos no son más que dos niños necesitados en sus relaciones interpersonales actúan como niños. Hay personas que pueden ser brillantes en el nivel adulto, pero cuando se retiran a la intimidad de sus relaciones más comprometidas no son más que niños infinitamente necesitados que reaccionan ante la falta de cariño, de atención o de reconocimiento.

Cuando veamos parejas en el consultorio, reconocemos de inmediato a los niños interiores que se están expresando. Muchas veces los adultos no se ponen de acuerdo porque en realidad cada uno está expresando a su niño herido, cada uno está viviendo una escena de su infancia reclamándole a su mamá o su papá diferentes cosas, y el otro no puede dársela porque también esta pidiendo lo suyo.

Cuando podemos ayudarlos a darse cuenta de lo que está pasando, la discusión pierde sentido: dejan a sus niños calmados, ya que les han dado espacio para expresarse, y pueden volver al presente para encontrarse. Nuestros niños heridos necesitan un espacio para expresar su enfado y su dolor. Cuando se lo damos empiezan a crecer y no interfieren en nuestras relaciones íntimas.

Welwood nos inculca una lección práctica: “Aprender a aprovechar cada dificultad que encontramos en el camino para ahondar más, para conectarnos con más profundidad, no sólo con nuestra pareja, sino también con nuestra propia condición de seres vivos”.


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    Profundo artículo. Y mucho mas practico de lo que parece. Desde luego que Jorge Bucay es una persona con mucho sentido comun.

    Gabrielacus on Septiembre 29th, 2008

 

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